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Inmigrante encuentra vida gratificante en sindicato de los Boilermakers

«Sea lo que quiera ser, pero afíliese al sindicato. El sindicato le ayudará a llegar a lugares con los que nunca ha soñado». — Óscar Dávila, presidente y gerente de negocios interino del L-92

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Óscar Dávila, presidente y gerente de negocios interino del L-92.

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Óscar Dávila visita el capitolio estatal en Sacramento con otros miembros del L-92, cabildeando para la aprobación de la SB 54. De izq. a der., Andrew Bernard, Dávila, Rubén Canas y David Boice.

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Óscar Dávila habla durante una manifestación en 2013 en apoyo a la Iniciativa 30/10, un plan de infraestructura y empleos del alcalde Villaraigosa, de Los Ángeles.

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En 2006, Óscar Dávila trabajaba como capataz de Nooter Construction en la refinería Valero Wilmington. Aquí está cerrando un contenedor para pruebas.

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Óscar Dávila con su esposa, Irma, y sus hijos, izq. a der., Óscar, Octavio y Omar.

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En 2003, Óscar Dávila visita las pirámides aztecas en la Ciudad de México con su hijo Óscar y sus padres, Roberto y Juanita Dávila.

Dávila del Local 92 obtuvo su primer «trabajo» a los 7 años

HACE DIECINUEVE AÑOS, solo cuatro años después de emigrar a los Estados Unidos desde México, Óscar Dávila estaba empleado en un trabajo que no lo llevaría a ninguna parte, en el área de Los Ángeles, cuando escuchó acerca de los Boilermakers de una fuente poco probable: un herrero. Esa conversación cambió el rumbo de su vida. Desde entonces, Dávila, presidente y gerente de negocios interino del Local 92 de Los Ángeles, ha trabajado ardua e inteligentemente, con determinación e ingenio.

La ética de trabajo que motivó a Dávila a lo largo de 19 exitosos años en el Local 92 comenzó en México, incluso antes de que cumpliera los 10 años. Comenzó a trabajar para el negocio familiar en Guadalajara, México, donde sus padres de clase media eran dueños y operaban una tienda de comestibles. Los fines de semana, servían comida en el restaurante de la familia.

«Toda la familia trabajaba unida bajo el liderazgo de mis padres», dice Dávila. «Comencé a trabajar con ellos a la edad de 7 años como mandadero. Principalmente les ayudaba a limpiar y también ayudaba en la tienda. Siempre me gustó trabajar con mis padres».

Eso terminó cuando cumplió 15 años y se mudó a los Estados Unidos con una visa de estudiante. No estaba interesado en dejar México, donde trabajó arduamente en la escuela y en los negocios familiares y tuvo una vida cómoda y feliz. Pero los Dávila querían que sus seis hijos recibieran una educación en los Estados Unidos y luego regresaran a Guadalajara. Creían que ese era el camino hacia éxito. El hijo mayor de la familia ya se había trasladado a los Estados Unidos para asistir a la escuela, por lo que Dávila y su hermano, Juan, se unieron a él.

Después de seis meses en la escuela secundaria, Dávila y Juan se mudaron de casa de su hermano mayor para vivir solos. Dávila continuó asistiendo a la escuela secundaria mientras trabajaba a tiempo completo por la noche y los fines de semana en trabajos de fabricación y soldadura.

«Era mi prioridad principal tener un trabajo y estar orgulloso de mi educación», recuerda Dávila.

Equilibrar el trabajo y los estudios a veces lo obligaba a faltar a la escuela, las dos primeras clases del día, para dormir un poco. Pero finalmente se graduó y continuó trabajando en California. Originalmente, había planeado volver a México después de graduarse. Pero entonces conoció a Irma, ahora su esposa, quien frustró ese plan. Así que a los 20 años se casó con su novia y comenzó a estudiar para convertirse en ciudadano estadounidense. Se convirtió en un ciudadano naturalizado un año después.

La guía telefónica apunta al Local 92

A los 20 años, Dávila trabajaba en un taller que fabricaba remolques. Durante ese empleo, conoció a un herrero que se jactaba de su sindicato ante cualquiera que lo escuchara. El hombre también le dijo a Dávila que, en otros trabajos, había visto a hombres entrando limpios en túneles al comienzo de la jornada laboral y saliendo al final de esta cubiertos de mugre.

«Me dijo que eran Boilermakers, y se preguntaba qué estaban haciendo. Su historia despertó mi curiosidad, y la suya también», dice Dávila. «Así que, cuando fui a casa esa noche, busqué el sindicato de los Boilermakers en la guía telefónica y poco después me dirigí al salón sindical».

Dávila ingresó al Local 92 en el año 2000. Trabajó en el área durante 10 años antes de unirse al personal del local como instructor de soldadura. El trabajo fue perfecto, considerando que había estado enseñando soldadura a adultos a través del programa de educación para adultos del distrito escolar de San Bernardino desde que tenía 19 años.

«Cuando los chicos de la oficina se enteraron, me trajeron como instructor de soldadura», dice Dávila.

Los mentores ayudan a conformar a Dávila

Mudarse a California a los 15 años, sin saber el idioma y sin tener sus padres cerca, resultó ser un desafío para Dávila. Tuvo que aprender todo de nuevo en un nuevo idioma. Tenía que ser autónomo como adolescente en un país diferente.

Cuando ingresó en el programa de aprendizaje de los Boilermakers, finalmente tuvo una trayectoria profesional. Aun así, el dinero continuó siendo un problema para Dávila. Tuvo que aprender a presupuestar ingresos inconsistentes para que se extendieran todo el año.

«Cuando usted comienza como aprendiz, debe aprender a administrar su dinero», dice Dávila. «Cuando está empezando, no tiene muchas oportunidades puesto que todavía está aprendiendo y tratando de adquirir experiencia en su nuevo campo. Así que fue difícil adaptarse a esta nueva forma de vida».

Pero encontró mentores en los Boilermakers. Y lo ayudaron a aprender y aumentar sus habilidades, porque pudieron ver que Dávila trabajaba duro, de manera inteligente y daba lo mejor de sí. Uno de sus primeros mentores fue Johnny Bernal del Local 92.

«Fue uno de los primeros capataces de los Boilermakers que tuve», recuerda Dávila. «Teníamos unos 20 años de diferencia cuando lo conocí. Era un capataz muy informado, respetuoso y profesional. Me enseñó a asegurarme de que cada trabajo que hiciera estuviera bien hecho desde el primer momento. Y, cuando se trata de aparejos, no hay segundas oportunidades».

Bernal también vio algo especial en Dávila.

«Lo conocí cuando él era aprendiz. Fue agresivo en cuanto a aprender el oficio. Escuchó mis instrucciones. Logró su objetivo», dice Bernal. «En todo, superó mis expectativas. No solo me siguió el ritmo y entró de lleno en el aparejo, sino que a veces me empujaba del medio para poder hacer el trabajo por sí mismo».

También hubo otros, como Dan Campos, a quien Dávila describe como «uno de los Boilermakers más rudos que he conocido». Dávila también nombró a un exgerente de negocios del L-92, Eddy Márquez, quien lo llevó por primera vez a las oficinas del salón sindical para enseñar a los aprendices.

«Fue un gran político de los Boilermakers», dice Dávila. «Me enseñó cómo interactuar con profesionales de negocios y también cómo mostrar respeto a la gente común».

Pasión por el futuro del sindicato

Antes de que Dávila fuera elegido presidente, luego nombrado gerente de negocios interino del L-92, fue el instructor de capacitación del local. También registró miles de pasos y cientos de apretones de manos mientras trabajaba con hermanos y hermanas sindicalistas de varios de los oficios de la construcción para abogar por la aprobación de la SB 54, la ley del estado de California que exige que al menos el 60 por ciento de los trabajadores en las refinerías del estado sean graduados de un programa de aprendizaje certificado por el estado.

«Mi función era ir a todas las oficinas del senado y de la cámara de representantes en el capitolio estatal. Tocamos puertas y vendimos la idea a los legisladores», dice Dávila.

La ley entró en vigor en 2014, y eso le dio a Dávila esperanza.

«Mientras presionábamos por su aprobación, trabajamos juntos con todos los oficios de construcción en California y logramos nuestro objetivo. A través del proceso, hicimos sacrificios, pero también obtuvimos nuevas alianzas».

Pero Dávila no es de los que se sientan y descansan sobre sus logros. La SB 54 ya ha aumentado la necesidad de trabajadores capacitados, y el Local 92 tiene planes para satisfacer esa necesidad. Compraron un edificio más grande en el otoño de 2018, aproximadamente cuatro veces el tamaño del edificio actual, con el objetivo de duplicar el tamaño de su membresía. Y están en buen camino.

Durante sus horas libres, Dávila pasa tiempo con Irma y sus tres hijos, de edades comprendidas entre los 3 y los 18 años. Dijo que la parte más difícil de ser un Boilermaker era cuando trabajaba en las obras y tenía que estar lejos de casa.

Ahora que no está trabajando en su rama, ha encontrado el tiempo para construir una casa para su familia. Contrató parte del trabajo, pero supervisó todo el proyecto desde las bases hasta el techo. Debido a los retrasos en los permisos, el proyecto le tomó dos años. Finalmente terminó y él y su familia se mudaron en el otoño de 2018.

«Se sintió bien. La construí como quería, pero sobrepasé mi presupuesto», dice con una carcajada.

Incluso con un futuro brillante por delante, no se detendrá. «No creo que alguna vez tenga suficiente conocimiento en mi campo, y nunca querré dejar de trabajar por algo más».

Él dice que el sindicato ha jugado un «buen y firme papel» en su vida y que recomendaría a los Boilermakers a cualquiera.

«Siempre dicen que los Boilermakers son un estilo de vida. Y es mi estilo de vida», dice Dávila. «Es lo que me gusta hacer. Sea lo que quiera ser, pero afíliese al sindicato. El sindicato le ayudará a llegar a lugares con los que nunca ha soñado».

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